Como sobrecargo de Aeroméxico, una de las responsabilidades más importantes era garantizar la seguridad de los pasajeros durante los vuelos. En un día soleado de primavera, me encontré realizando mi trabajo en un vuelo a Tucson, Arizona. Pero esta vez, tenía un invitado especial en la cabina conmigo: mi madre. Ella había deseado visitar Tucson durante mucho tiempo y no podía dejar pasar la oportunidad de llevarla conmigo.
Gracias a mis beneficios laborales, pude conseguir un boleto con un descuento del 90%, lo que hizo que el viaje fuera mucho más asequible. Todo parecía ir normal durante el vuelo. Después de abordar a todos los pasajeros, el avión se preparó para despegar. La primera escala sería en Guadalajara, Jalisco, y luego continuaríamos a nuestro destino final. Mientras estábamos en la cabecera de la pista, los motores comenzaron a acelerar de manera intensa y la aeronave comenzó a moverse hacia adelante.
Como sobrecargo experimentado, sabía que la carrera de despegue se medía en dos partes: la primera cuando la aeronave alcanzaba los 40 nudos (V1) velocidad dentro de la cual el despegue podía ser abortado en caso de cualquier falla, y la segunda, cuando se alcanzaban los 80 nudos (V2) y se indicaba el momento de la rotación (despegue). En ese momento, mi madre estaba sentada en su asiento con los ojos cerrados y aferrándose fuertemente a su asiento. Yo sabía que ella estaba nerviosa, así que traté de calmarla con algunas palabras tranquilizadoras. “Está bien, mamá”, le dije. “Todo va a salir bien”.
Pero entonces, algo inesperado sucedió. De pronto se escuchó un gran estruendo y la cabina del avión y toda su estructura comenzaron a vibrar de una forma muy importante. El avión aún seguía en ascenso manteniendo un ángulo de unos 45º mirando hacia arriba, cuando decidí levantarme de mi asiento en la parte posterior de la cabina para ir a consultar a la cabina de pilotos por algo de información para los pasajeros. Cuando camino a la cabina de pilotos pasé a la altura de la fila 22, escuché la voz de mi madre quien me decía: “Hijo, huele a quemado”. Yo automáticamente le contesté: “No mamá, no huele a quemado, tratando de evitar que su comentario pudiere incentivar a cualquier otro pasajero a perder la calma. Sin embargo ella insistió y los pasajeros al rededor de ella apoyaron su observación.
Entonces me hice un poco “pato” y les dije que iría a preguntar al capitán lo que pasaba. Unos pasos más adelante, unos de los pasajeros sentados a la altura del ala me llamó y me dijo como en secreto y casi al oído: “Oiga joven. ¿Qué cree?, Que traemos rota el ala…” En ese momento de manera incrédula me introduje a la fila de sientos para poder mirar fuera del avión a través de la ventanilla. Cual sería mi sorpresa que al ver el flap del ala derecha este se mostraba como si hubiese recibido una gran “mordida de tiburón”. Inmediatamente y ya sin decir nada a nadie, me dirigí sin titubear a la cabina de pilotos en donde al ingresar le dije al capitán: “¡Capitán, taremos roto el flap derecho!” “¡No me digas! entonces se dirigió a copiloto y de dijo” Si, Mauricio, si fué eso!” ¿Qué había pasado exactamente? Uno de los motores del avión falló justo cuando alcanzamos los 40 nudos. Inmediatamente, todos los sistemas de alarma comenzaron a sonar y en ese momento sentí que el corazón se me detenía por un momento. Como sobrecargo, mi formación incluía cómo actuar en caso de emergencias en el aire, pero nunca había experimentado una situación como esta. En ese momento, lo único en lo que podía pensar era en mantener la calma y seguir los protocolos de emergencia.
Continué hablando con los pilotos, quienes estaban tratando de controlar la aeronave mientras trataban de indagar qué había sucedido. Cabe mencionar que en esa época los aviones mexicanos podían utilizar llantas “renovadas” lo cual consistía en que a una llanta ya vieja y sin dibujo se le cambiaba el piso con caucho nuevo y con dibujo. Hasta en los autos esta práctica de “renovación de llantas” ha sido casi erradicada debido al alto grado de peligro por desprendimiento generado por el calor que genera la fricción en las ruedas. Tan sólo hay que imaginar ¡que podía pasar en un avion! Pues si, la llanta externa del tren principal de aterrizaje sufrió un desprendimiento de piso y este “gran huarache de caucho” se fué a incrustar en el motor derecho del avión, no sin antes pasar por el flap que en ese momento iba a 45º rompiendo indiscriminadamente su estructura metálica.
Afortunadamente, nadie resultó herido durante la evacuación de emergencia. Después de la situación, Aeroméxico me agradeció por mi rápido pensamiento y profesionalismo durante el incidente.
Aunque mi madre estaba un poco aturdida por la experiencia, estaba agradecida por mi guía y por haber estado en las mejores manos posibles. A partir de ese momento, mi madre y yo habíamos compartido una experiencia que nunca olvidaríamos, una que nos enseñó el valor de la seguridad y la importancia de la capacitación profesional.
El ambiente en la cabina de pasajeros era tenso. Todos se encontraban nerviosos y preocupados al escuchar la noticia de que tendríamos que aterrizar de emergencia debido a una falla en una de las llantas del avión. Mi madre, sentada a mi lado, no dejaba de sujetar mi mano con fuerza y preguntar si todo estaría bien.
Como sobrecargo de Aeroméxico, mi deber era informar a los pasajeros sobre los procedimientos de evacuación en caso de emergencia. Con voz firme, tomé el micrófono y di las instrucciones precisas a los pasajeros. Les indiqué cómo colocarse los chalecos salvavidas y cómo utilizar los toboganes inflables para evacuar rápidamente el avión una vez en tierra.
El capitán del vuelo y su equipo de pilotos se esforzaron al máximo para llevarnos a tierra de manera segura. Sentí un gran alivio al tocar suavemente la pista de aterrizaje, a pesar del temor de que la llanta dañada pudiera causar algún accidente.
Una vez en tierra, los pasajeros bajaron del avión un poco histéricos, pero agradecidos con la tripulación por su profesionalismo. Mi madre y yo nos abrazamos con lágrimas en los ojos, felices de haber sobrevivido a esa situación de emergencia.
El viaje a Tucson, que era nuestro destino original, tuvo que ser cancelado. Pasamos la noche en Guadalajara, donde yo me dormí profundamente, agotado por la tensión del día. Mi madre, por su parte, siempre recordó esa experiencia como una historia de vida, contándola a amigos y familiares como un testimonio de la importancia de valorar cada momento de la vida y de la labor de los pilotos y tripulación en la seguridad de los pasajeros.