Esta noche he comenzado a escribir nuevamente. Ya hace varios meses que no lo hacía, pues escribir es una afición “dormilona” que requiere de ser despertada y estimulada constantemente durante todo el dia y todos los dias. Dedico esta nueva historia a esa persona que aún no me conoce pero gustará de leer mi prosa por curiosidad quizás o por un interés incipiente de orígen desconocido y que tal vez comentará conmigo en el futuro y me cuestionará al respecto. Hago esta dedicatoria en especial ya que la tierra que engalanaré en mi historia será muy seguramente su tierra prometida.
El momento en el que hoy me encuentro es justo en el que la común encrucijada en la que alguien se sorprende a sí mismo con una pluma y una hoja de papel en blanco, instante en el que dicho aprendíz se observa dentro de un largo compás de espera, justamente para ello, para recibir la dulce inspiración que hará mover aquellos hilos etéreos atados a la articulación que une a los brazos y a las manos, de allí a los dedos para comenzar a imprimir todas y cada una de las mágicas palabras necesarias para arrancarle una historia a la vida que sea digna de recordar, por lo menos por él mismo.
Una época para no olvidar
Corría el año de 1986, época en la que me encontraba laborando para la empresa de aviación que me permitió ver el mundo: Aeroméxico.
Justo en esos días se vivía en el país un ambiente de fiesta, desparpajo y desorden generado no sólo por la gente joven sino por toda la población. Las abuelas deseaban fervientemente pasear por la zona rosa o el Paseo de la Reforma, las madres no perdían la oportunidad de dar “una vuelta” por las zonas “bonitas” de la Ciudad de México. Hombres y mujeres en general se sumaban todo el tiempo a la algarabía que reinaba. Y todo por ese gran momento: El mundial de futbol México 1986. Este momento se presentaba justo como un antídoto para esa terrible desgracia que tan sólo un año antes nuestra ciudad padeció y cuyo precio fué de un muy alto pago aquel 19 de septiembre de 1985.
Fueron 30 largos y divertidos días del mes de junio en ese 1986 con actividades extraordinadrias de un gran talante internacional ya que en mis actividades diarias como sobrecargo de la aerolínea, mi trabajo y el de mis compañeros se convirtió en una verdadera responsabilidad de atención e imágen ante pasajeros provenientes del mundo entero.
Visitantes de todas partes del globo estaban en contacto constante con todos nosotros. Surgieron nuevas amistades, nuevos contactos, nuevas experiencias, todo ello dentro de una vorágine o torbellino de momentos inolvidables.
Uno de esos días me vi galardonado con una asignación dentro de mil rol mensual de vuelos, programación que todos y cada uno de los pilotos y sobrecargos teníamos pre asignados por el departamento encargado llamado “tripulaciones”. La asignación era un nada apetecible vuelo a la ciudad de Mérida Yucatán, con una pernocta de cinco noches. He nombrado a ese vuelo de larga pernocta como “nada apetecible”, no en sí por el destino, mas bien por las condiciones en las que tendríamos, mi compañero y yo, que desempeñar el trabajo diario. Estaríamos despachando dentro de uno de los equipos más viejos de la aerolínea: el inolvidable avión mejor conocido como DC-9 15. Este equipo era un turbo reactor fabricado por la empresa Mc Donell Douglas (de allí sus siglas “DC”) con una capacidad de transporte para 85 pasajeros y sólo 4 tripulantes (dos pilotos y dos sobrecargos) por lo que no sobra mencionar que el trabajo de toda la cabina recaería solamente entre un par de jóvenes viviendo sus “veintes” y arrancando con su larga trayectoria de maduréz.
El vuelo transcurrió sin novedad con un cupo completamente al 100% ya que en esos momentos prácticamente, todos lo vuelos de la empresa y los de la “otra empresa” (Mexicana de aviación) se llenaban a toda capacidad.
Apenas aterrizando en la pista del aeropuerto de la hermosa “Ciudad Blanca”, me percaté de que me encontraba verdaderamente cansado, y eso aún que la hora del día no alcanzaba aquella en la que el sol se encuentra en el zénit, pero tanto mi compañero como yo estábamos exhaustos.
Ya de camino dentro de la transportación que la empresa nos asignaba para llevarnos del aeropuerto al hotel en donde nos alojábamos las tripulaciones de ese entonces, veníamos bien acomodados los cuatro tripulantes charlando de trivialidades de ocasión y quejándonos terríblemente del bochornoso calor que en esos momentos se sentía, sobre todo con nuestros cuerpos sudorosos tratando de escapar de esos pesados y oscuros uniformes con saco y corbata, de pronto mi compañero sobrecargo sacó sigilosamente de su maletín negro llamado oficialmente “de fin de semana”, cuatro frascos abultados de cristal color ambar sudando deliciosamente y mostrando a simple vista una muy baja temperatura. Los compañeros pilotos eran conocidos nuestros y portando las credenciales verificadas como miembros pertenecientes al exclusivo club de los “pilotos buena onda”. Esas cervezas Corona, nos devolvieron el color a los cuatro inocentes trabajadores del aire quienes sufríamos de las inclemencias del clima.
Ya circulando sobre el increíble Paseo Montejo, justo en la esquina que hace con la calle Colón, se encontraba ante nosotros (y aún se encuentra allí) el inolvidable Hotel Holiday Inn Mérida, inmueble de hospedaje cuyos pasillos en donde se encontraban las habitaciones, despedían un peculiar aroma como si proviniere de alfombras húmedas que lejos de ser desagradable, el dia de hoy me evoca muy lindos recuerdos. Un agradable hotel que para muchos de nosotros, se conviertió en un segundo hogar, en donde existía una gran convergencia entra las tripulaciones que diariamente se encontraban allí hospedadas. Éramos como una gran familia.
Una vez con nuestra habitación asignada, cada unos de los miembros de la tripulación nos retiramos a descansar del pesado vuelo que ceñia nuestros hombros. Más tarde recibí una llamada en mi habitación. Yo me encontraba dormido y desperté de pronto para contestar:
—¿Buuueno?,
—Qué onda Fer ¿no tienes hambre? Soy Cesar
Cesar era mi compañero de vuelo.
—Mmmm, si un poco… ¿Vamos a comer? Respondí somnoliento.
—Vale Fer, ¿nos vemos en media hora en el Lobby? , allí decidimos a donde iremos a comer ¿te parece?
—Claro Cesar allí nos veremos más tarde.
Volví a abrazar la almohada de mi cama y me sumergí en una nueva sesion de entrega a los brazos de Morfeo, sesión que no duró más de 10 minutos ya que efectivamente, el deseo de comer me “espantó” definitivamente el sueño que me aquejaba. Eran ya las 6:00 p.m. aproximadamente.
El ambiente mundialista había ya permeado también a la Blanca Mérida a pesar de que el estado de Yucatán en ese momento histórico no era prácticamente una región futbolera. Como digo, el ambiente deportivo y festivo reinaba en todo el territorio mexicano.
Continuará…